¿Qué nombre ponemos al club?

Qué nombre ponemos al club-el club de la casa del silbido

Capítulo 4 de La Pandilla de la Casa del Silbido

A la mañana siguiente, los cuatro volvieron a encontrarse junto al río. El sol brillaba sobre el agua y todo parecía tan tranquilo como cualquier otro día de verano, pero esta vez ninguno pensaba solo en bañarse o en jugar. Había algo mucho más importante que decidir.

Sentados sobre las piedras lisas de la orilla, Ohm, Ori, Ciar y Cari hablaban del club como si llevara existiendo desde hacía años, aunque en realidad solo había pasado una tarde desde que descubrieron su sede en la casa de la colina.

—Nos falta lo más importante —dijo Ori, lanzando una ramita al agua—. Un club no puede ser un club de verdad si no tiene nombre.

—Exacto —respondió Ohm, que parecía llevar horas pensando en ello—. Y no vale cualquier nombre.

Ciar se dejó caer sobre la hierba con una sonrisa.

—Pues empecemos. Yo ya tengo uno.

Cari ajustó sus gafas y apoyó el libro azul sobre sus rodillas.

—Yo también —dijo—. Aunque no sé si es el mejor.

Ohm se puso de pie sobre una roca baja, como si aquello fuera una reunión oficial al aire libre.

—Muy bien. Cada uno dirá su propuesta y luego votaremos.

Ori levantó la mano enseguida.

—Yo propongo “El Club de la Colina”.

—No está mal —admitió Ciar—. Suena misterioso.

—Y fácil de recordar —añadió Cari.

Ciar fue el siguiente.

—El mío es “El Club de Hormitrópolis”. Así todo el mundo sabría que somos los mejores aventureros de la ciudad.

Ori soltó una carcajada.

—Eso suena más a club famoso que a club secreto.

—Precisamente —replicó Ciar con orgullo.

Cari miró el agua antes de hablar.

—Yo había pensado en “Los Cuatro de Hormitrópolis”.

—Ese suena bonito —dijo Ori—, pero parece más el nombre de una canción.

Cari sonrió, resignada.

—Un poco sí.

Todos miraron entonces a Ohm, que seguía subido a la roca con aire solemne.

—Yo creo que el nombre tiene que ser distinto —dijo al fin—. Tiene que sonar a misterio. A lugar secreto. A algo que solo nosotros entendemos.

Hizo una pequeña pausa y señaló en dirección a la colina.

—Por eso propongo este: El Club de la Casa del Silbido.

Durante unos segundos, ninguno dijo nada. El nombre se quedó flotando en el aire como si encajara mejor de lo que todos esperaban.

Ori fue el primero en repetirlo en voz baja.

—El Club de la Casa del Silbido…

Ciar asintió lentamente.

—Sí. Ese sí que parece el nombre de una aventura de verdad.

Cari apretó suavemente el libro contra el pecho.

—Y además pertenece al lugar. No podría ser otro.

Ohm bajó de la roca con una media sonrisa, aunque todavía intentó aparentar neutralidad.

—Aun así, votaremos. Como en un club serio.

La votación fue secreta, o lo más secreta que puede ser una votación entre cuatro amigos junto a un río. Cada uno eligió una piedra pequeña y la dejó detrás de la roca que representaba su nombre favorito.

Cuando terminaron de contar, no hubo dudas.

—Ganador por mayoría absoluta —anunció Ori, conteniendo la risa—: “El Club de la Casa del Silbido”.

—Entonces esta tarde habrá inauguración oficial —declaró Ohm, incapaz ya de ocultar su satisfacción.

Y así fue.

Cuando el sol empezó a bajar, los cuatro regresaron a la casa de la colina llevando una pequeña merienda para celebrar el gran momento. Entraron por el jardín con el cuidado de siempre, apartaron las ramas y cruzaron la puerta principal como si ya formaran parte del lugar.

En el antiguo despacho, la mesa ovalada los esperaba bajo la luz inclinada del ventanal. Todavía quedaba polvo en algunos rincones, pero la sala ya no parecía tan ajena como el día anterior.

Sobre la mesa colocaron pan de trigo, pequeños hongos, dulces de melaza y néctares frescos. No era un banquete enorme, pero a ellos les pareció suficiente para una ocasión importante.

—Antes de empezar, necesitamos un saludo secreto —dijo Ciar.

—¿Otro invento tuyo? —preguntó Ori.

—Claro. Un club sin saludo secreto es solo un grupo de amigos sentados alrededor de una mesa.

Tras varias pruebas absurdas, golpes mal calculados y una discusión innecesariamente seria, acabaron eligiendo uno que a todos les hizo gracia: puño, puño, mano.

Lo repitieron una vez. Luego otra. Y a la tercera ya lo hacían entre risas, convencidos de que no existía saludo más importante en todo Hormitrópolis.

Ohm se puso de pie.

—Queda oficialmente inaugurado El Club de la Casa del Silbido.

Los demás alzaron sus vasos y su merienda como si aquella sala fuera el gran salón de una mansión todavía viva.

Durante un rato hablaron de futuras expediciones, de reglas, de escondites y de todo lo que harían a partir de entonces. La emoción crecía con cada idea.

Pero poco a poco, mientras la tarde se iba apagando, la casa volvió a recordarles que aún seguía llena de rincones desconocidos.

Ori fue el primero en mirar hacia el techo.

—Todavía no hemos subido arriba.

Ciar giró la cabeza hacia el pasillo.

—Ni hemos bajado al sótano.

Cari habló más bajo.

—Y seguimos sin saber si lo del silbido es solo una leyenda.

Ninguno respondió enseguida. El despacho seguía siendo acogedor, pero más allá de aquella habitación la casa recuperaba su silencio antiguo.

Entonces, desde algún punto alto de la mansión, llegó un crujido leve.

Los cuatro se quedaron quietos.

—Habrá sido la madera —murmuró Ori.

—Sí… claro —dijo Ciar, aunque ya no sonaba tan seguro.

Ohm intentó mantener el tono firme.

—Hoy no vamos a investigar nada. Pero pronto lo haremos.

Cuando salieron de la casa, el cielo estaba cambiando de color y las primeras sombras se extendían por el jardín. Ya casi habían llegado al sendero cuando Ori se volvió un momento hacia la fachada.

En una de las ventanas altas, durante un instante, creyó distinguir una figura oscura detrás del cristal.

Parpadeó y miró otra vez.

La ventana seguía allí, inmóvil y silenciosa.

Ori no dijo nada. Echó a andar junto a sus amigos, pero ya no podía dejar de pensar en lo mismo:

quizá la Casa del Silbido no estaba tan vacía como parecía.

Continúa la historia en el siguiente capítulo:

Capítulo 5: La sombra en la ventana →
monti
monti

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *