El Misterio del Silbido en la Tormenta

El Misterio del Silbido en la Tormenta

Capítulo 7 de La Pandilla de la Casa del Silbido

La tormenta llevaba toda la tarde rondando sobre Hormitrópolis, como si no terminara de decidirse a descargar del todo. Desde la colina, la Casa del Silbido se recortaba contra un cielo gris violáceo, y cada relámpago la iluminaba durante un instante antes de devolverla a la penumbra.

Ohm, Ori, Ciar y Cari subieron el sendero casi sin hablar. El viento les golpeaba la ropa, agitaba las hojas secas del jardín y silbaba entre las ramas con un sonido tan extraño que a ninguno le parecía casual.

—Esta noche lo sabremos de una vez —dijo Ohm, mirando la fachada de la casa—. Si el silbido es solo una historia, hoy tendrá que demostrarlo.

Ori alzó la vista hacia las ventanas altas.

—Y si no es solo una historia, también.

Ciar intentó sonreír.

—Pues mejor entrar antes de que empiece a llover de verdad.

Cari ajustó sus gafas y apretó el libro azul contra el pecho.

—No sé qué me inquieta más: la tormenta o que estemos subiendo aquí justo cuando va a estallar.

La puerta se abrió con un crujido conocido. Dentro de la casa el aire era frío, pero no tanto como el de fuera. Cruzaron el pasillo y llegaron al antiguo despacho, su sala de reuniones, donde dejaron las provisiones y encendieron las linternas.

El sonido de la lluvia no tardó en estallar sobre el tejado.

Primero fueron unas pocas gotas dispersas. Luego un golpeteo rápido y constante. Después, el trueno.

La casa entera pareció contener la respiración.

Ohm levantó una mano para pedir silencio. Los cuatro se quedaron quietos en torno a la mesa ovalada, escuchando el agua, el viento y los crujidos de la madera vieja.

Pasaron varios segundos.

Entonces llegó.

Un sonido largo, agudo y melancólico atravesó la casa como si surgiera de todas las paredes a la vez.

Nadie se movió.

Ori fue el primero en hablar, aunque apenas en un susurro.

—Ahí está.

El silbido volvió a sonar, esta vez un poco más claro, y se deslizó por el pasillo con una tristeza extraña, como si la casa estuviera intentando decir algo en un lenguaje que ellos todavía no entendían.

Ciar tragó saliva.

—No me gusta nada.

—Pero existe —respondió Ohm—. Y no hemos venido hasta aquí para salir corriendo.

Cari inclinó la cabeza, concentrada.

—Escuchad bien. Parece más fuerte hacia la parte de atrás.

Guiados por el eco, salieron del despacho y avanzaron por el pasillo. La lluvia golpeaba con furia los cristales, y cada destello de los relámpagos deformaba las sombras sobre las paredes.

Al fondo, junto a una pared agrietada, el silbido se hizo más nítido.

Ohm iluminó la zona con la linterna. Entre dos tablas y una vieja grieta de la pared, el viento entraba a ráfagas, produciendo un sonido fino y prolongado.

Ori soltó el aire lentamente.

—Entonces era eso.

Ciar sonrió, aliviado.

—¿Veis? Solo el viento. Nada de fantasmas, nada de casas encantadas, nada de…

No pudo terminar la frase.

Desde algún lugar profundo de la mansión, muy por debajo de ellos, surgió un segundo silbido.

Era distinto.

Más grave. Más largo. Más extraño.

Y no parecía hecho por el viento.

Los cuatro se quedaron completamente quietos.

Las linternas comenzaron a parpadear.

Una corriente helada recorrió el pasillo, tan brusca que Cari dio un pequeño paso atrás y Ciar se estremeció de pies a cabeza.

—Eso no viene de la grieta —murmuró Ori, con los ojos muy abiertos.

La luz tembló otra vez. Durante un instante, la grieta de la pared pareció emitir un resplandor tenue, casi imperceptible, como si algo hubiera latido dentro de la propia casa.

El suelo vibró apenas bajo sus pies.

Fue un temblor tan leve que podría haber parecido imaginación… si los cuatro no lo hubieran sentido al mismo tiempo.

—Ohm… —susurró Cari—. Esto ya no me parece una simple casualidad.

Ohm no respondió enseguida. Observaba la pared, la grieta, la oscuridad del pasillo y la luz incierta de las linternas como si intentara ordenar en su cabeza todo lo que acababa de pasar.

El resplandor desapareció tan rápido como había aparecido.

El frío empezó a retirarse.

Y, poco a poco, el segundo silbido se extinguió entre el ruido de la tormenta.

Ninguno habló durante varios segundos.

Al final, Ciar intentó bromear, aunque su voz salió más débil de lo normal.

—Bueno… pues creo que ya no me sirve la explicación del viento.

Ori no apartaba la vista de la oscuridad del pasillo.

—Hay algo más aquí dentro. Algo que todavía no entendemos.

Cari asintió despacio.

—La grieta explica una parte. Pero no lo otro.

Ohm guardó silencio un instante más. Luego enderezó la espalda.

—Entonces seguiremos investigando.

Un trueno retumbó sobre la colina y la casa volvió a iluminarse por un segundo.

Esta vez, ninguno de los cuatro vio solo una mansión vieja y abandonada.

Vieron un lugar lleno de secretos.

Y todos comprendieron, al mismo tiempo, que la Casa del Silbido acababa de mostrarles solo una pequeña parte de lo que escondía.

Continúa la historia en el siguiente capítulo:

Capítulo 8: La carta del desaparecido →
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