El Pasadizo Oculto

El Pasadizo Oculto

Capítulo 6 de La Pandilla de la Casa del Silbido

Durante varios días, la Casa del Silbido se había ido transformando poco a poco. El antiguo despacho ya parecía una verdadera sede de club, y la pandilla empezaba a conocer mejor cada pasillo, cada puerta y cada rincón de la mansión.

Aun así, quedaba un lugar que apenas habían explorado: el sótano.

Aquella tarde, Ohm, Ori, Ciar y Cari bajaron la escalera de madera con linternas en la mano y más curiosidad que prudencia. El aire era húmedo y frío, y olía a tierra cerrada. Cada peldaño crujía bajo sus pies como si la casa quisiera recordarles que allí abajo todo era más antiguo, más oscuro y más incierto.

—No sé por qué siempre acabamos yendo a los sitios menos acogedores —murmuró Ori, enfocando con su linterna una pared cubierta de manchas de humedad.

—Porque en los sitios acogedores nunca se esconden los secretos —respondió Ciar con una sonrisa valiente.

Cari bajó el último escalón con cuidado, sujetando su libro azul contra el costado.

—O porque a Ohm le encantan los lugares donde podrían pasar cosas extrañas.

Ohm no lo negó.

—Precisamente por eso estamos aquí.

El sótano era más grande de lo que habían imaginado. Había estanterías viejas, cajas medio abiertas, herramientas oxidadas y muebles cubiertos por una capa gruesa de polvo. En algunos rincones, la luz de las linternas apenas conseguía abrirse paso.

Se repartieron por la estancia, observándolo todo con atención. Ciar fue el primero en alejarse un poco más, apartando una caja con el pie para mirar detrás.

Entonces tropezó.

—¡Eh! —exclamó, llevándose una mano al tobillo.

Los demás se volvieron al instante.

—¿Estás bien? —preguntó Cari, acercándose rápido.

Ciar asintió, aunque seguía mirando al suelo.

—Sí… pero he tropezado con algo raro.

Ohm y Ori enfocaron la zona con sus linternas. Bajo una alfombra vieja y medio podrida se dibujaban unas tablas distintas al resto del suelo. No estaban colocadas igual que las demás, y una de ellas parecía ligeramente levantada.

Ohm se agachó enseguida.

—Esto no es una simple tabla suelta.

Ori se arrodilló a su lado.

—Parece una trampilla.

Cari retiró con cuidado el borde de la alfombra y dejó al descubierto todo el contorno de la madera.

—Lo es —dijo en voz baja—. Y lleva mucho tiempo oculta.

Durante unos segundos, nadie habló.

Luego, como ocurría siempre cuando estaban a punto de descubrir algo importante, los cuatro se miraron con la misma mezcla de emoción y cautela.

—La abrimos —decidió Ohm.

Entre todos levantaron la trampilla. El movimiento fue lento y pesado, acompañado por un chirrido antiguo que resonó por todo el sótano. Debajo apareció una abertura estrecha y una pequeña escalera de piedra que descendía aún más.

El aire que subió desde allí abajo era más frío que el del propio sótano.

—Ahora sí que esto parece una aventura de verdad —susurró Ciar.

—O una muy mala idea —añadió Cari.

Ohm ya estaba enfocando el interior con su linterna.

—Solo hay una forma de saberlo.

Descendieron uno a uno. Las paredes del pasadizo eran de piedra húmeda y estaban cubiertas de musgo en algunos tramos. El suelo olía a tierra mojada, y el silencio era tan espeso que incluso su propia respiración parecía sonar demasiado fuerte.

El corredor no era largo, pero sí lo bastante estrecho como para obligarlos a avanzar despacio. Finalmente desembocó en una pequeña habitación subterránea oculta bajo la casa.

Allí dentro el tiempo parecía haberse detenido.

Había una mesa cubierta de polvo, un par de cofres pequeños, estantes medio vacíos y varios objetos olvidados en rincones oscuros. Nada estaba colocado al azar: aquel lugar había servido para guardar cosas importantes.

—Esto no lo escondieron por casualidad —dijo Ori, recorriendo la sala con la linterna.

Cari se acercó a la mesa y apartó con cuidado una capa de polvo acumulado. Debajo aparecieron varios papeles endurecidos por el tiempo, y entre ellos un plano doblado.

—Mirad esto.

Lo extendieron entre los cuatro.

Era un plano antiguo de la Casa del Silbido. No solo mostraba la planta principal y las habitaciones que ya conocían: también señalaba otros puntos marcados con símbolos y trazos que ellos no habían visto nunca.

—Hay más zonas ocultas —dijo Ohm, incapaz de apartar la vista del papel.

—Y pasadizos —añadió Ori—. O caminos secretos.

Ciar silbó por lo bajo.

—Esta casa es muchísimo más grande de lo que parece.

Mientras tanto, Ori había localizado una pequeña caja de madera con cierre metálico. Junto a ella descansaban una llave antigua y una carta tan desgastada que parecía a punto de romperse con solo tocarla.

—Aquí escondían algo importante —dijo.

Cari se inclinó para observar mejor la llave y la carta.

—No parece un escondite cualquiera. Esto tiene que estar relacionado con la familia Silbante.

El nombre quedó flotando en el aire subterráneo con un peso distinto al de otras veces.

Ohm sostuvo el plano con firmeza.

—Si ellos dejaron esto aquí, entonces la casa no solo guarda historias. Guarda secretos de verdad.

Un rumor apagado recorrió el pasadizo, como si el viento hubiera encontrado alguna rendija bajo tierra. Los cuatro se quedaron quietos durante un instante.

Luego Ohm dobló el plano con cuidado.

—Nos llevaremos esto arriba. No vamos a entenderlo todo hoy, pero ya sabemos una cosa.

—¿Cuál? —preguntó Ciar.

Ohm miró a sus amigos, y por primera vez desde que habían fundado el club, su voz sonó menos juguetona y más decidida.

—Que nuestra historia ya no trata solo de tener una sede secreta. Ahora tenemos una investigación entre manos.

Salieron del pasadizo más despacio de lo que habían entrado. Al volver al sótano y cerrar la trampilla, la casa ya no les pareció la misma. Cada pared, cada escalera y cada puerta podían ocultar algo que todavía no comprendían.

Y eso lo cambiaba todo.

Continúa la historia en el siguiente capítulo:

Capítulo 7: El misterio del silbido en la tormenta →
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