La Sombra en la Ventana

Capítulo 5 de La Pandilla de la Casa del Silbido
Aquella tarde, el cielo de Hormitrópolis tenía un color distinto. Las nubes avanzaban despacio sobre la colina y el aire olía a tierra húmeda, como si la tormenta estuviera esperando el momento exacto para caer.
Ohm, Ori, Ciar y Cari subían por el sendero hacia la Casa del Silbido cargados con una pequeña bolsa de provisiones. Habían quedado en reunirse allí antes de que anocheciera, aunque ninguno terminaba de reconocer en voz alta que la casa seguía provocándoles la misma mezcla de emoción y recelo.
Cuando ya casi estaban frente al jardín, Ori se detuvo en seco.
—Esperad —susurró.
Los demás siguieron la dirección de su mirada. En una de las ventanas del segundo piso, durante apenas un instante, pareció moverse una figura oscura.
Nadie dijo nada. La sombra desapareció tan deprisa que por un momento incluso parecía posible que no hubiera existido.
—Yo también la he visto —murmuró Cari, ajustándose las gafas.
Ciar tragó saliva, aunque intentó disimularlo con una media sonrisa.
—Seguro que era una cortina… o una rama… o algo así.
—En esa ventana no hay cortinas —respondió Ori sin apartar la vista de la casa.
Ohm observó unos segundos más la fachada envejecida, las enredaderas y los cristales oscuros del segundo piso. Luego dio un paso hacia delante.
—Entonces entraremos y lo comprobaremos.
Cruzaron el viejo jardín con más cuidado que de costumbre. Las zarzas rozaban sus piernas y el viento agitaba las hojas secas junto al muro. Cuando llegaron a la puerta principal, todos guardaron silencio otra vez, como si la casa pudiera escuchar lo que pensaban.
El interior estaba más oscuro que otros días. La luz de fuera se filtraba con dificultad y cada tabla del suelo respondía con un crujido largo bajo sus pasos.
—No me gusta nada este ambiente —reconoció Cari en voz baja.
—A mí tampoco —dijo Ciar—, pero ahora ya no podemos darnos la vuelta.
Ohm asintió y empezó a subir la escalera. Ori fue detrás de él. Cari y Ciar cerraban el grupo, atentos a cualquier ruido.
El segundo piso parecía aún más silencioso que la planta baja. El pasillo era estrecho y la penumbra se acumulaba en las esquinas. Al fondo, la puerta de la habitación de la ventana estaba entreabierta.
—Es ahí —susurró Ori.
Se acercaron muy despacio. Ohm empujó la puerta con la punta de los dedos y esta cedió con un chirrido seco.
La habitación estaba vacía.
Había una mesa pequeña, una silla tumbada en un rincón y una capa de polvo tan fina que parecía intacta. La ventana dejaba entrar una luz grisácea que hacía aún más extraño el silencio del cuarto.
—No hay nadie —dijo Ciar, esta vez en voz más alta, como si aquello lo tranquilizara.
Ori recorrió la habitación con la mirada.
—Pero alguien o algo se ha movido aquí arriba. Estoy seguro.
Cari avanzó un poco más, observando el suelo, la mesa y las paredes con atención. Entonces tropezó con algo pequeño medio oculto junto a una pata de la silla.
—Esperad… aquí hay una cosa.
Se agachó y la recogió con cuidado.
Era un objeto extraño, metálico, con forma de pequeña llave antigua o amuleto. Tenía grabados diminutos, tan desgastados que apenas se distinguían.
Ohm lo tomó con delicadeza y lo acercó a la luz de la ventana.
—Esto no parece haberse caído hace poco —dijo—. Es viejo.
—Muy viejo —añadió Cari—. Y esos grabados no son simples adornos.
Ori miró primero el amuleto y luego el resto de la habitación.
—Entonces la sombra y esto tienen que estar relacionados.
Ciar se cruzó de brazos, intentando parecer más tranquilo de lo que estaba.
—O alguien estuvo aquí antes que nosotros y salió justo a tiempo.
Nadie respondió enseguida.
Fuera, el cielo se había oscurecido todavía más. Un trueno lejano retumbó sobre la colina y durante un segundo la luz gris de la ventana pareció volverse aún más fría.
—Será mejor bajar —dijo Ohm, guardando el amuleto—. Este sitio no va a explicarnos sus secretos tan fácilmente.
Regresaron al exterior sin hablar demasiado. Ya en el jardín, se sentaron en círculo junto al sendero, con la casa a sus espaldas y el viento removiendo la hierba alta.
Ohm volvió a sacar el amuleto y lo dejó en el centro, sobre una piedra plana.
Los cuatro se inclinaron para observarlo mejor.
—Parece una llave —dijo Ori.
—O el dibujo de una llave convertido en símbolo —corrigió Cari.
Ciar frunció el ceño.
—Sea lo que sea, no me gusta que haya aparecido justo en la habitación de la sombra.
Cari pasó un dedo sin tocar del todo los grabados.
—Quizá tenga relación con la familia Silbante.
Ohm levantó la vista.
—¿Con los antiguos dueños de la casa?
Cari asintió.
—Si esta mansión perteneció a ellos, no sería raro que todavía quedaran objetos suyos aquí. Y si eso es verdad, puede que no estemos ante una simple leyenda.
Un segundo trueno sonó a lo lejos. Los cuatro miraron hacia la fachada ennegrecida de la Casa del Silbido.
Ahora ya no solo tenían una sede secreta.
También tenían una pista.
Y, quizá, un misterio mucho más antiguo de lo que habían imaginado al fundar su club.
Continúa la historia en el siguiente capítulo:
Capítulo 6: El pasadizo oculto →


