Qué aburrimiento de vacaciones en Hormitrópolis

que aburrimiento de vacaciones en Hormitrópolis

Capítulo 1 de La Pandilla de la Casa del Silbido

Ohm estaba sentado a la orilla del río, con los pies cerca del agua y la mirada perdida en la corriente. A pocos metros, sus amigos seguían jugando como cada tarde de verano.

Ori intentaba mantener el equilibrio sobre un tronco mojado, pero resbalaba una y otra vez antes de volver a subirse entre risas. Ciar saltaba de piedra en piedra con tanta energía que parecía incapaz de quedarse quieto. Cari, más tranquila, observaba la escena desde una roca templada por el sol, con su libro azul a un lado.

Todo aquello habría sido divertido si no se repitiera siempre igual.

Bañarse en el río hasta que oscurecía. Volver a casa para cenar. Dormir. Y al día siguiente, hacer exactamente lo mismo.

Ohm soltó un suspiro largo.

—Qué aburrimiento de vacaciones…

Las risas de sus amigos se fueron apagando poco a poco. Ori consiguió al fin quedarse de pie sobre el tronco, levantó los brazos como si hubiera logrado una gran hazaña y saltó a tierra firme.

—¿Te pasa algo? —preguntó, acercándose a Ohm con curiosidad.

Ciar se dejó caer sobre la hierba, todavía agitado por el juego.

—Sí, tienes cara de estar tramando algo —dijo con una sonrisa.

Cari recogió su libro azul y se acercó también.

—Cuando te quedas tan callado, es porque estás pensando de verdad —dijo ella.

Ohm miró a los tres y se encogió de hombros.

—No es nada malo. Solo estaba pensando que no podemos pasar todas las vacaciones igual. Al principio venir al río está bien, pero si seguimos así, dentro de unos días estaremos todavía más aburridos que hoy.

Ori se sentó a su lado.

—Entonces habrá que inventar algo distinto.

—Eso mismo pienso yo —respondió Ohm, ya más animado—. Necesitamos un lugar nuestro. Un sitio para reunirnos, hablar, organizar planes… un sitio donde empiecen de verdad nuestras aventuras.

Ciar se incorporó de golpe.

—¿Quieres decir… como una pandilla secreta?

Ohm sonrió.

—Más que una pandilla. Un club.

Durante un instante, ninguno dijo nada. Luego los cuatro se miraron al mismo tiempo, como si aquella idea hubiera encendido algo nuevo en el aire cálido de la tarde.

—Eso sí que sería divertido —dijo Ori.

—Y podríamos tener normas, reuniones y misiones —añadió Cari, ya imaginándolo todo.

—Y un escondite de verdad —remató Ciar—. No un rincón cualquiera. Un sitio especial.

Ohm levantó un dedo, satisfecho.

—Exactamente. Y creo que ya sé cuál podría ser.

Sus amigos se quedaron mirándolo con expectación.

Ohm señaló hacia la colina que se alzaba al otro lado del sendero. Desde allí podía verse, medio oculta entre los árboles, la vieja casa abandonada que casi nadie se atrevía a visitar.

—La casa de la colina —dijo en voz más baja—. Esa será la sede de nuestro club.

Una pequeña ráfaga de viento recorrió la ribera. A lo lejos, entre las ramas, la vieja casa parecía observarlos en silencio.

Ciar abrió mucho los ojos. Ori siguió la dirección del dedo de Ohm con una mezcla de sorpresa y emoción. Cari apretó su libro contra el pecho, sin saber todavía si sentía más curiosidad que prudencia.

Ohm, en cambio, ya sonreía como si pudiera ver el futuro por delante.

Las vacaciones acababan de dejar de ser aburridas.

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