La primera reunión del Club de la Casa del Silbido

La primera reunión del Club de la Casa del Silbido

Capítulo 3 de La Pandilla de la Casa del Silbido

Cuando regresaron al antiguo despacho de la Casa del Silbido, la emoción seguía flotando en el aire. La sala todavía estaba cubierta de polvo, pero ya no parecía una habitación abandonada. Ahora era el lugar donde iba a empezar algo importante para los cuatro.

Ohm fue el primero en entrar y miró la mesa ovalada con expresión solemne. Ori, Ciar y Cari lo siguieron cargando con un trapo viejo, una escobilla torcida y más entusiasmo que experiencia.

—Si vamos a tener un club de verdad, al menos habrá que quitar un poco de polvo —dijo Cari, dejando su libro azul con cuidado sobre una silla.

—Un poco dice —respondió Ori, sacudiendo una tela y levantando una nube gris que los hizo toser a todos.

Ciar soltó una carcajada.

—Ya parece más una sede secreta de verdad. Si alguien entra ahora, morirá de polvo antes que de miedo.

Entre bromas y estornudos, apartaron las telas que cubrían los muebles, limpiaron la mesa como pudieron y colocaron las sillas alrededor. La cabecera quedó libre, casi sin hablarlo, como si aquel asiento esperara a alguien importante.

Ohm observó la escena con satisfacción. La luz de la tarde entraba por el ventanal roto y dibujaba franjas doradas sobre el suelo. A pesar de las paredes envejecidas y del aire quieto de la casa, el despacho empezaba a sentirse suyo.

—Muy bien —dijo al fin, aclarándose la voz—. Queda inaugurada la primera reunión oficial de nuestro club.

Ori se llevó una mano al pecho y tomó asiento con exagerada seriedad.

—Qué importante suena eso.

—Y qué bien queda dicho aquí dentro —añadió Ciar, dejando caer el cuerpo sobre una de las sillas talladas.

Cari se sentó con más cuidado que los demás.

—Entonces será mejor que la reunión sirva para algo.

Ohm asintió. Era evidente que llevaba rato pensando en ello.

—Lo primero es decidir quién forma parte del club. Nosotros cuatro lo hemos fundado, así que somos los primeros miembros. Pero si algún día queremos invitar a alguien más, tendremos que estar todos de acuerdo.

Ori ladeó la cabeza.

—¿Todos? ¿Sin excepción?

—Todos —repitió Ohm—. Si uno no está seguro, no entra nadie. Así evitaremos problemas.

Cari apoyó las manos sobre la mesa.

—Tiene sentido. Si este va a ser nuestro lugar secreto, tendremos que confiar unos en otros.

Ciar levantó la mano con una sonrisa traviesa.

—Yo voto que sí a esa regla.

—Yo también —dijo Ori.

—Y yo —añadió Cari.

Ohm sonrió, satisfecho.

—Entonces queda aprobada por unanimidad.

Durante unos segundos, los cuatro permanecieron sentados alrededor de la mesa, disfrutando de lo extraño y emocionante que resultaba tomarse tan en serio algo que acababan de inventar.

Fue Ori quien rompió el silencio.

—Hay una cosa importante que todavía nos falta.

—Ya sé lo que vas a decir —respondió Ohm.

—Pues dilo tú, presidente provisional —replicó Ori.

Ciar soltó una risa.

—Presidente provisional… eso me gusta.

Ohm intentó mantener la compostura, aunque no pudo evitar sonreír.

—Nos falta el nombre del club.

Los cuatro miraron a su alrededor. Aquel despacho, la estantería, el ventanal roto, la casa entera… todo parecía pedir un nombre que todavía no terminaba de aparecer.

—Podríamos pensarlo mejor —dijo Cari—. No hace falta decidirlo ahora mismo si todavía no estamos seguros.

—Sí —añadió Ori—. Mejor elegir uno bueno que el primero que se nos ocurra.

Ciar se echó hacia atrás en la silla.

—Entonces cada uno trae una idea para mañana.

Ohm golpeó suavemente la mesa con los dedos, como si estuviera cerrando un punto importante.

—Hecho. Mañana decidiremos el nombre.

Después siguieron hablando de cómo debía comportarse un verdadero miembro del club. No tardaron mucho en ponerse de acuerdo: ayudarse siempre, no dejar a nadie atrás y no estropear lo que estaban construyendo juntos.

—Eso no debería costarnos mucho —dijo Ori.

—Porque ya somos amigos —respondió Cari—. Solo tenemos que demostrar que también sabemos ser un buen club.

Ciar asintió con energía.

—Y un club aventurero.

—Eso por descontado —dijo Ohm.

Cuando la reunión parecía ya terminada, Cari miró hacia la ventana y frunció ligeramente el ceño.

—Hay otra cosa.

Todos la miraron.

—Entrar y salir de la casa es difícil con tanto matorral. Pero si limpiamos demasiado el jardín, alguien podría darse cuenta de que este lugar ya no está abandonado.

La idea dejó pensativos a los cuatro.

Ori fue el primero en asentir.

—Tiene razón. Si despejamos el camino, será más cómodo… pero también más sospechoso.

—Entonces mañana lo estudiaremos bien —decidió Ohm—. No vamos a poner en peligro nuestro escondite el primer día.

La tarde empezaba a apagarse cuando se levantaron de la mesa. La sala había cambiado. Seguía siendo vieja, silenciosa y misteriosa, pero ahora también era el centro de algo nuevo.

Salieron del despacho, cruzaron el pasillo y bajaron con cuidado hasta la puerta principal. En el jardín, las sombras se habían alargado entre las ramas y el aire parecía más frío que antes.

Ninguno habló mientras avanzaban entre las zarzas. Cada uno iba pensando en posibles nombres para el club y en todo lo que podrían vivir allí a partir de entonces.

Ya cerca del muro medio derruido, Ohm volvió la cabeza una última vez hacia la casa.

Desde una de las ventanas altas, por un instante, le pareció que algo se movía en la penumbra.

Se quedó quieto.

Pero cuando volvió a mirar, no había nada.

Ohm no dijo una palabra. Saltó el muro detrás de sus amigos y echó a andar hacia casa con una idea rondándole la cabeza.

Tal vez la Casa del Silbido aún guardaba más secretos de los que imaginaban.

Sigue la historia en el siguiente capítulo:

Capítulo 4: ¿Qué nombre ponemos al club? →
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