La fundación del Club de la Casa del Silbido

Capítulo 2 de La Pandilla de la Casa del Silbido
Ohm apenas había dormido aquella noche. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a imaginar la vieja casa de la colina y el club que podrían fundar allí. A la mañana siguiente, Ori, Ciar y Cari tampoco lograron concentrarse demasiado en sus tareas. Los cuatro esperaban con impaciencia que llegara la tarde.
Cuando por fin se reunieron, echaron a andar juntos por el sendero que subía hacia la colina. A medida que avanzaban, la casa iba apareciendo entre los árboles: grande, silenciosa y cubierta por enredaderas que trepaban por la fachada. Aunque llevaba años vacía, todavía conservaba algo de la elegancia que debió de tener en otro tiempo.
—Desde aquí parece aún más grande —murmuró Ori, alzando la vista.
—Y más misteriosa —añadió Cari, apretando su libro azul contra el pecho.
Ciar intentó sonar valiente.
—Mejor. Un club importante necesita una sede importante.
Ohm sonrió sin dejar de caminar.
—Entonces hemos elegido bien.
El viejo jardín estaba lleno de zarzas y hierba alta. Tuvieron que avanzar despacio, apartando ramas y esquivando piedras medio ocultas. Cuando llegaron ante la puerta principal, los cuatro se quedaron en silencio durante unos segundos.
Todo Hormitrópolis conocía aquella casa. Algunos decían que estaba encantada. Otros aseguraban que por la noche se oía un silbido extraño entre las ventanas. Nadie parecía ponerse de acuerdo, pero casi todos preferían mantenerse lejos.
Para Ohm, precisamente por eso, aquel lugar era perfecto.
—¿Entramos o no? —preguntó, mirando a sus amigos.
Cari dudó un instante.
—Yo sigo pensando que deberíamos tener cuidado.
—Tener cuidado sí —respondió Ohm—, pero no marcharnos.
Ciar dio un paso al frente, aunque su voz no sonó tan firme como le habría gustado.
—Estoy con Ohm.
Ori alargó la mano hacia el picaporte.
—Pues vamos a descubrir de una vez si esta casa guarda fantasmas… o solo polvo.
El picaporte cedió con facilidad. La puerta se abrió con un crujido largo, y una corriente de aire fresco salió desde el interior.
Ohm fue el primero en cruzar el umbral. Los demás lo siguieron de cerca.
Al principio tuvieron que quedarse quietos para acostumbrarse a la penumbra. Poco a poco empezaron a distinguir los contornos de los muebles, las cortinas envejecidas y las sábanas polvorientas que cubrían algunas sillas y armarios. La casa estaba abandonada, sí, pero no destruida. Más bien parecía suspendida en el tiempo.
—Vaya… —susurró Ori—. Yo pensaba que estaría medio vacía.
—Pues casi está entera —dijo Ciar, mirando a su alrededor con los ojos muy abiertos.
Cari recorrió la estancia con atención.
—Eso es justo lo raro —dijo en voz baja—. Parece como si quienes vivían aquí hubieran pensado en volver algún día.
Ohm pasó la mano por el respaldo de una silla antigua y sonrió al ver la capa de polvo que se llevaba en los dedos.
—Entonces mejor aún. No tendremos que empezar desde cero.
Los cuatro comenzaron a explorar la planta baja. Abrieron puertas, asomaron la cabeza a varias habitaciones y caminaron por pasillos estrechos donde el suelo de madera crujía bajo sus pies. Había un comedor amplio, una salita con un reloj parado y una cocina antigua que olía a madera seca y tiempo cerrado.
Pero fue al fondo del pasillo donde encontraron la estancia perfecta.
Era un antiguo despacho. En el centro había una mesa ovalada rodeada de sillas con respaldo tallado. A un lado se alzaba una gran estantería llena de libros viejos. Un ventanal dejaba entrar la luz de la tarde, aunque uno de los cristales estaba roto y dejaba pasar un hilo de aire.
Ohm entró despacio, miró la sala de un lado a otro y supo enseguida que aquel era el lugar.
—Ya está —dijo con una sonrisa—. Esta será nuestra sede.
Ori dio una vuelta alrededor de la mesa.
—Parece una sala de reuniones de verdad.
—O el despacho secreto de una gran expedición —añadió Ciar.
Cari dejó el libro sobre la mesa y observó la estantería.
—Y además hay libros. Muchos.
Ohm apoyó las manos sobre la mesa ovalada y habló con una solemnidad que hizo sonreír a los demás.
—Queda fundada la sede del Club de la Casa del Silbido.
Durante un segundo reinó el silencio. Luego, como si hubieran estado esperando ese momento desde hacía mucho tiempo, los cuatro estallaron en alegría.
—Entonces esto ya va en serio —dijo Ori.
—Claro que va en serio —respondió Ohm—. Un club necesita reglas, reuniones y planes.
Ciar alzó una ceja.
—¿Ya estás pensando en mandar?
—Estoy pensando en organizar —corrigió Ohm con aire importante.
Cari sonrió.
—En eso no le falta razón. Si este va a ser nuestro club, tendremos que decidir cómo funciona.
Ohm asintió, encantado de que lo tomaran tan en serio.
—Entonces queda convocada la primera reunión dentro de una hora. Aquí mismo.
Ori soltó una carcajada.
—Hablas como si fueras presidente de algo enorme.
—Todavía no —respondió Ohm, mirando alrededor con satisfacción—. Pero todo empieza por un primer día.
Los cuatro volvieron la vista hacia la sala. La luz del ventanal iluminaba el polvo suspendido en el aire, y durante un instante el viejo despacho dejó de parecer una habitación abandonada. Ya era suyo. Ya formaba parte de la historia que acababan de empezar.
Sin embargo, en una casa tan grande y tan silenciosa, aquella no sería la última sorpresa.
Continúa la historia en el siguiente capítulo:
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