La Carta del Desaparecido

La Carta del Desaparecido

Capítulo 8 de La Pandilla de la Casa del Silbido

Al día siguiente de la tormenta, la Casa del Silbido parecía distinta. El aire seguía oliendo a humedad, y en algunos rincones todavía quedaba una sensación extraña, como si la casa no hubiera olvidado lo ocurrido la noche anterior.

Ohm, Ori, Ciar y Cari regresaron más callados que otras veces. Nadie bromeó al cruzar el jardín ni al entrar en la mansión. El segundo silbido, el frío repentino y el extraño resplandor de la grieta seguían demasiado presentes en sus cabezas.

—Si lo de anoche no fue solo el viento, tiene que haber alguna explicación —dijo Ohm mientras recorría el pasillo con la mirada—. Y si esta casa guarda secretos, lo más probable es que también guarde pistas.

Ori asintió.

—Entonces tenemos que buscar donde nadie ha buscado en mucho tiempo.

Cari levantó ligeramente su libro azul.

—La biblioteca.

Ciar soltó el aire por la nariz.

—Perfecto. Un lugar lleno de polvo, telarañas y libros que seguro pesan más que yo.

Aun así, los cuatro se dirigieron a una de las salas más silenciosas de la mansión. La biblioteca ocupaba una estancia amplia, con estanterías altas, cortinas envejecidas y un olor espeso a papel viejo, cuero húmedo y madera cerrada. La luz entraba poco, filtrada por unos cristales sucios que teñían la sala de un tono gris dorado.

—Aquí dentro parece que el tiempo se ha quedado quieto —murmuró Ori.

Ciar estornudó apenas dio dos pasos.

—O enterrado en polvo.

Se repartieron por la habitación. Ohm y Ori revisaron los estantes más altos. Ciar abrió un armario bajo que crujió como si protestara por llevar años cerrado. Cari, con su paciencia de siempre, empezó por una esquina donde varios libros estaban atrapados entre telarañas y marcos torcidos.

Fue ella quien lo encontró.

—Este no parece un libro cualquiera —dijo en voz baja.

Había localizado un volumen de lomo verde, encajado demasiado al fondo entre otros ejemplares. Cuando tiró de él, una nube de polvo cayó al suelo y, con el movimiento, un papel amarillento se deslizó desde detrás de la fila de libros.

—¡Esperad! —exclamó Cari—. Aquí hay algo.

Los demás acudieron enseguida. Se sentaron en círculo sobre una alfombra gastada que apenas conservaba el dibujo original. Ohm recogió el papel con cuidado. Estaba viejo, doblado y ligeramente húmedo en algunos bordes, como si hubiera pasado muchos años escondido entre paredes y silencio.

La letra era elegante, pero desigual, con trazos rápidos que daban la impresión de haber sido escritos con prisa.

—Es una carta —dijo Ori, inclinándose para verla mejor.

Cari ajustó sus gafas.

—Muy antigua.

Ohm respiró hondo y empezó a leer en voz alta.

La carta hablaba de una huida urgente. Su autor explicaba que no podía quedarse más tiempo en la casa, que debía proteger a sus hijos y que la Casa del Silbido tenía que permanecer vacía. También advertía de que los peligros que la rodeaban no eran imaginarios y dejaba una frase final que les heló la sangre a los cuatro: no todos los que se acercaban regresaban.

El silencio que siguió fue tan espeso como el polvo de la biblioteca.

Fuera, una rama golpeó la ventana y Ori dio un pequeño respingo.

—Eso no suena a simple superstición —dijo al fin, con los ojos muy abiertos.

Ciar se cruzó de brazos.

—Ni a cuento inventado para asustar a los niños.

Cari señaló un rincón de la hoja.

—La fecha casi no se distingue, pero parece muy antigua. Y la tinta está corrida… como si hubiera caído agua encima.

Ohm siguió observando el papel un instante más.

—O alguien lloró mientras escribía.

Ninguno quiso responder a eso.

Durante unos segundos, la biblioteca volvió a quedarse inmóvil, como si la propia casa escuchara el contenido de la carta junto a ellos.

Fue Ohm quien rompió el silencio.

—Si quien escribió esto huyó para proteger a sus hijos, no se marcharía sin rumbo. Buscaría un lugar cercano, escondido y seguro.

Ori levantó la vista.

—¿Crees que pudo dejar alguna señal?

—Eso creo —respondió Ohm—. Y no vamos a encontrarla quedándonos sentados aquí.

Guardó la carta con cuidado y los cuatro salieron al exterior. El aire fresco del jardín les despejó un poco la cabeza, pero la sensación de inquietud seguía con ellos. Bajaron los escalones de piedra y avanzaron entre la hierba alta, mirando alrededor con más atención que nunca.

Entonces Cari se detuvo de golpe.

—Mirad eso.

A un lado del sendero crecía un roble viejo, de tronco ancho y corteza rugosa. En la madera, casi a la altura de sus ojos, alguien había tallado una flecha profunda. No era una marca casual: estaba hecha con fuerza, como si quien la hubiera grabado quisiera asegurarse de que resistiera el paso del tiempo.

La flecha apuntaba directamente hacia el bosque.

No al sendero principal. No a la salida de la colina.

Al bosque espeso que empezaba más allá del jardín, donde la niebla ya comenzaba a enredarse entre los troncos.

Ori miró la marca y luego la espesura.

—Eso no puede ser una coincidencia.

—No lo es —dijo Ohm.

Ciar tragó saliva, aunque intentó sonar decidido.

—Entonces el escondite está ahí dentro.

Cari apretó el libro azul contra el pecho.

—O la siguiente pista.

Durante un momento, los cuatro permanecieron en silencio, contemplando el inicio del bosque. El miedo estaba allí, claro. Pero también la lealtad, la curiosidad y esa sensación cada vez más fuerte de que la Casa del Silbido no era el final del misterio, sino apenas su puerta de entrada.

Ohm miró a sus amigos uno por uno.

—No os obligaré a venir si no queréis.

Ori dio un paso al frente sin dudar.

—Ya hemos llegado demasiado lejos para volver atrás ahora.

Ciar se colocó a su lado.

—Además, alguien tiene que demostrar que no le teme a un bosque con niebla.

Cari sonrió levemente.

—Entonces será mejor que vayamos juntos.

Ohm asintió.

Y así, guiados por la carta, la flecha del roble y un misterio cada vez más antiguo, los cuatro dejaron atrás el jardín de la Casa del Silbido y se adentraron en el bosque.

La espesura los recibió en silencio.

Y ninguno pudo evitar pensar lo mismo:

si la carta decía la verdad, allí fuera los esperaba algo más que un simple escondite.

Continúa la historia en el siguiente capítulo:

Capítulo 9: La búsqueda en el bosque →
monti
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