El Guardián del Secreto

Capítulo 10 de La Pandilla de la Casa del Silbido
Cuando por fin dejaron atrás la niebla del bosque y divisaron la colina, los cuatro sintieron el mismo alivio. La Casa del Silbido seguía allí, inmóvil y silenciosa, como si nunca hubiera pasado nada. Pero ellos ya no eran los mismos que habían salido de ella unas horas antes.
La cabaña oculta, las flechas marcadas con la letra S y los ruidos entre los árboles habían confirmado algo importante: el misterio de la familia Silbante no terminaba en la mansión. Solo se extendía más allá.
Aun así, Ohm seguía pensando en una idea que le daba vueltas desde que salieron del bosque.
—La cabaña era un refugio —dijo mientras cruzaban la puerta principal de la casa—, pero no creo que fuera el final del camino.
Ori lo miró con atención.
—¿Crees que todavía queda algo escondido aquí?
—Estoy seguro —respondió Ohm.
La casa los recibió con su olor antiguo a madera, polvo y silencio. Subieron hasta el despacho, encendieron las linternas y dejaron sobre la mesa la carta encontrada en la biblioteca. Durante unos instantes, ninguno habló. Cada uno parecía estar uniendo en su cabeza las piezas del mismo rompecabezas.
Fue Ciar quien rompió el silencio.
—En el bosque vimos señales iguales a las de la carta. Si la familia Silbante dejó marcas allí fuera, puede que también dejara otras dentro de la casa.
Cari asintió despacio.
—Y si escondieron algo importante, no lo pondrían a la vista de cualquiera.
Ohm levantó la vista hacia la chimenea del despacho.
—Entonces busquemos donde nadie mira.
Empezaron a revisar la sala con más cuidado que nunca. Ori pasó la mano por la pared de madera. Cari observó los estantes. Ohm golpeó suavemente algunos paneles. Ciar fue el primero en darse cuenta de un detalle extraño junto a la chimenea: una pequeña muesca en la madera, casi escondida, con una forma que recordaba a las flechas que habían visto en el bosque.
—Aquí —susurró.
Los cuatro se acercaron al mismo tiempo.
Entre todos empujaron el panel hasta que este cedió con un chasquido seco. Detrás apareció un hueco secreto. Dentro, envuelto en un trozo de terciopelo rojo oscurecido por el tiempo, descansaba un pequeño diario de cuero.
Cari lo tomó con cuidado y lo abrió sobre la mesa. Las primeras páginas estaban casi deshechas, pero hacia el final aún podían leerse varios fragmentos escritos con letra temblorosa.
Ohm leyó en voz alta:
“Si el bosque falla y la casa es descubierta, el último recurso espera bajo las raíces del jardín. Allí donde el sol nace, el guardián de madera guarda el camino hacia la libertad. No busquéis tesoros de oro. Buscad el medio para escapar.”
Al terminar, el despacho quedó en silencio.
Ni siquiera Ori hizo una broma.
Ciar fue el primero en reaccionar.
—¿El guardián de madera?
Cari frunció el ceño detrás de sus gafas.
—Y “bajo las raíces del jardín”. Eso no suena a metáfora.
Ohm caminó hasta el ventanal roto y apartó un poco la cortina envejecida. Desde allí podía verse el jardín oscuro, cubierto de maleza, ramas y arbustos que casi ocultaban el camino de entrada.
—Lleva días delante de nosotros —dijo en voz baja—. Siempre hemos pensado en la casa, en el bosque, en los pasadizos… pero nunca en lo que hay enterrado fuera.
Ori se acercó a mirar también.
—Entonces mañana toca jardín.
Ciar sonrió, recuperando por fin algo de ánimo.
—Eso sí que no me lo esperaba. Después de fantasmas, silbidos, cartas y bosques malditos, nuestra gran misión será arrancar matojos.
—Pues arráncalos bien —respondió Cari—, porque algo me dice que debajo no vamos a encontrar solo tierra.
Ohm cerró el diario con cuidado.
—Mañana, al amanecer, limpiaremos toda la parte este del jardín. Si el diario dice la verdad, allí nos espera la siguiente pista. Y esta vez no será una carta ni una sombra.
Un trueno lejano retumbó más allá de la colina.
Los cuatro miraron hacia la ventana, hacia el jardín oscuro, hacia las raíces invisibles que se hundían bajo la hierba salvaje.
La Casa del Silbido aún no había terminado de hablar.
Pero ahora el misterio ya no señalaba al bosque ni a los pasillos ocultos de la mansión.
Señalaba directamente a la tierra.
Y, enterrado en algún lugar del jardín, el guardián de madera esperaba desde hacía años a que alguien lo encontrara.
Fin de la primera aventura. La historia continúa en la siguiente serie:
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