La Búsqueda en el Bosque

Capítulo 9 de La Pandilla de la Casa del Silbido
Con la carta bien guardada y la flecha del viejo roble todavía grabada en la memoria, Ohm, Ori, Ciar y Cari dejaron atrás el jardín de la Casa del Silbido y se internaron en el bosque. La niebla se deslizaba entre los troncos como una capa baja y silenciosa, y el aire olía a tierra húmeda, musgo y hojas viejas.
Al principio caminaron despacio, atentos a cualquier señal. Bajo sus pies crujían ramas secas y pequeñas piñas caídas, pero más allá de eso el bosque permanecía extrañamente quieto.
—No me gusta nada esta niebla —murmuró Ori, frotándose los brazos—. Hace que todo parezca más lejos y más cerca al mismo tiempo.
—Precisamente por eso sería un buen escondite —respondió Ohm, abriendo camino entre unos helechos altos—. Si la familia Silbante quiso desaparecer sin dejar rastro, aquí habría encontrado el lugar perfecto.
Ciar miró a un lado y a otro con gesto decidido.
—Mientras la pista no termine en una cueva llena de murciélagos, yo sigo avanzando.
Cari, con el libro azul sujeto contra el pecho, observaba los troncos con atención.
—No te preocupes. Antes encontraremos otra señal.
Y la encontró enseguida.
—Allí —dijo, señalando un pino cubierto de líquenes.
En la corteza había otra flecha, tallada con la misma fuerza que la del roble del jardín. Debajo de la punta, casi escondida entre las grietas de la madera, se distinguía una marca más pequeña.
Ohm se acercó primero. Ori ladeó la cabeza para verla mejor. Ciar pasó los dedos sin tocarla del todo.
—Es una letra —dijo Cari—. Una S.
—S de Silbante —concluyó Ohm.
Ori miró hacia la espesura que se abría más allá del árbol.
—Entonces vamos por el camino correcto.
Siguieron avanzando. El bosque se volvía cada vez más cerrado. Los árboles crecían más juntos, los troncos eran más gruesos y la niebla parecía agarrarse a las ramas bajas como si no quisiera dejarlos pasar. A ratos, el silencio resultaba tan denso que cualquiera habría jurado que el propio bosque los estaba observando.
Encontraron una tercera señal en un castaño inclinado, y luego una cuarta en una roca cubierta de musgo. Todas apuntaban en la misma dirección: hacia una parte del bosque más oscura, más cerrada y más apartada de cualquier sendero conocido.
Después de un buen rato de marcha, Ciar apartó unas ramas espinosas y se quedó inmóvil.
—Creo que ya hemos llegado.
Los demás se colocaron a su lado.
Entre los arbustos apareció una pequeña cabaña medio vencida por el tiempo. El techo estaba hundido en una esquina, las paredes tenían manchas oscuras de humedad y el musgo subía por la madera como si el bosque intentara tragársela poco a poco.
Aun así, no parecía una ruina cualquiera.
Había algo en ella —un banco torcido junto a la entrada, una vieja manta arrugada en el interior, restos de ceniza endurecida— que demostraba que, hacía muchos años, alguien había vivido allí de verdad.
—No está aquí por casualidad —dijo Cari en voz baja.
—Ni las flechas tampoco —añadió Ohm.
Ori miró la puerta entreabierta con una mezcla de miedo y fascinación.
—Entonces este sí podría ser el escondite.
Entraron con cautela. Dentro olía a madera húmeda, humo antiguo y tiempo detenido. La luz apenas lograba colarse por una rendija del techo, y eso hacía que cada objeto pareciera más extraño de lo que en realidad era.
Cari fue la primera en fijarse en la manta vieja del rincón. Ohm observó el banco. Ori se inclinó sobre los restos del hogar apagado. Ciar, inquieto, prefirió salir otra vez para revisar los alrededores.
Pasaron solo unos segundos.
Entonces Ciar se detuvo en seco.
Sus antenas se tensaron.
—Silencio —susurró.
Los demás levantaron la vista al instante.
Desde fuera, entre la niebla y los árboles, llegó un crujido.
Luego otro.
Y otro más, un poco más cerca.
Ohm se incorporó lentamente.
—¿Habéis oído eso?
Ori ya miraba hacia la puerta con los ojos muy abiertos.
—Sí.
Cari dio un paso atrás sin apartar la vista de la entrada.
—No somos los únicos aquí.
El sonido volvió a repetirse, esta vez a la izquierda de la cabaña. Algo se movía entre los troncos, oculto por la niebla. No se veía ninguna figura con claridad, solo sombras vagas y un desplazamiento lento que hacía imposible saber si se trataba de alguien que los observaba… o de algo que simplemente los rodeaba.
Ciar entró otra vez sin hacer ruido.
—Hay movimiento ahí fuera —dijo en voz muy baja—. No sé qué es, pero está demasiado cerca.
Durante un instante, nadie habló. Los cuatro se miraron con la misma pregunta muda en los ojos.
Ohm tomó la decisión primero.
—Nos vamos. Ahora.
—¿Y la cabaña? —susurró Ori.
—Volveremos mañana con más luz —respondió Ohm—. Pero hoy no vamos a quedarnos aquí sin saber quién o qué anda entre los árboles.
Salieron juntos, pegados unos a otros, y empezaron a desandar el camino siguiendo las marcas talladas. El bosque parecía aún más espeso que antes. Cada crujido los hacía girar la cabeza, cada sombra borrosa parecía esconder una presencia que no terminaba de mostrarse.
Ninguno corrió, pero ninguno aflojó el paso.
Cuando por fin dejaron atrás la niebla más cerrada y divisaron a lo lejos la colina de la Casa del Silbido, los cuatro respiraron un poco mejor.
Aun así, nadie sonreía.
Habían encontrado nuevas señales. Habían hallado una cabaña oculta. Y también habían comprendido algo inquietante:
si la familia Silbante se había escondido allí, quizá no todos los secretos del bosque pertenecían al pasado.
Continúa la historia en el siguiente capítulo:
Capítulo 10: El guardián del secreto →


